Conservad el Conservatorio por José Manuel Berea

¡Conservad el Conservatorio!

 

(Carta publicada en la Memoria del X Aniversario del Conservatorio) (1989-1999)

 

En cierta ocasión, el célebre violinista Isaac Stern declaró que toda escuela de música que se preciara debería tener

una celda de máxima seguridad destinada a padres de niños prodigio. Por supuesto, nunca he llegado a temer que esa ácida boutade fuera a hacerse realidad a corto plazo en el Conservatorio de Ferraz. En primer lugar, por una razón evidente: los problemas de espacio son aquí bastante acuciantes y sería difícilmente justificable el desaprovechamiento de un solo metro cuadrado para tales fines. Por otra parte, creo que todos somos conscientes de que la finalidad última de un centro como el nuestro no es la fabricación in vitro de virtuosos cuya rentabilidad para nuestra vida musical no siempre está del todo clara. Creo más bien que la consolidación de una institución educativa que favorezca la formación pausada, seria y equilibrada de buenos profesionales de la música es lo que estamos apoyando desde los distintos estamentos de la comunidad escolar, incluido el de los padres y madres de alumnos. Y estoy convencido de que, aunque en más de una ocasión nos merezcamos que se nos encierre, sería injusto ignorar la importancia del colectivo de los padres, en términos generales, en el normal funcionamiento educativo de un conservatorio y, por centrarnos en nuestro caso particular, la corresponsabilidad de los padres de Ferraz en las distintas facetas de la gestión del centro. Y no sólo a la hora de participar en sus órganos de gobierno o de colaborar en la organización de sus distintas actividades sino también en el momento de cumplir disciplinadamente con las exigencias que impone ese sacrificado acontecer cotidiano que lleva aparejado una carrera tan larga y dura como es la música. A saber: transportes, viajes, adquisición de instrumentos, asistencia a conciertos, apoyo moral, facilidades para el estudio en casa, etc.


Por supuesto que no siempre se desarrollan los acontecimientos de la manera más deseable. He de reconocer que a lo largo de estos años he conocido actitudes paternas de absoluto desinterés hacia la actividad de los hijos o, en el extremo opuesto, el caso de algún padre tan enfermizamente obsesionado con el futuro artístico de sus hijas que finalmente acabó por arruinar su carrera. Pero al margen de las obligadas excepciones, el entorno familiar de los estudiantes de música suele estar lleno de comprensión, paciencia y entusiasmo. Lo que de ninguna manera significa estar a salvo de errores, dada la dificultad de nuestro papel como copartícipes en la sombra de una compleja tarea pedagógica que reclama prudencia en todo momento, muy especialmente en el control de la actividad de nuestros hijos, un terreno muy delicado en el que el celo excesivo o la intromisión desmesurada pueden ser aún más contraproducentes que la simple indiferencia.


He vivido desde dentro la mayor parte de la corta pero intensa historia de este Conservatorio pero me temo que el recuento de mi experiencia personal no viene al caso. He hecho amigos, he disfrutado de grandes emociones musicales y, por supuesto, he sufrido lo indecible en las audiciones, ese padecimiento irracional que nos une a todos los padres de músicos del mundo. Preferiría, sin embargo, aportar un par de reflexiones finales en mi condición de “usuario” de este servicio público. La primera va dirigida a esos padres y alumnos que aún no tienen muy clara la diferencia entre “hobby” y profesión. Y aquí es donde procedería reivindicar de nuevo el mandato que nos viene impuesto por el adjetivo “profesional” que acompaña a nuestro nombre oficial, y que tantas veces se obvia, ya que es precisamente la formación de profesionales en los distintos campos de la música la justificación máxima de un centro como este. Por algo nos beneficiamos de la financiación pública, con el fin de que en el futuro ese esfuerzo presupuestario revierta a la sociedad en forma de buenos músicos que se incorporen eficazmente a nuestras infraestructuras culturales y educativas. Consecuentemente, el mensaje final habrá de ser para los de arriba: antes unos, ahora otros, mañana quién sabe. En principio, para recordarles una vez más, si es que hace falta, la necesidad de una buena educación musical patrocinada por los poderes públicos. Y, sin dejar de reconocer el mérito de la tarea realizada, para pedirles que pongan todos los medios para que este negocio siga funcionando, para que siga vivo. Esto es, que nos conserven el Conservatorio, que nos lo guarden, que dure. Y también, por supuesto, que mejore.

 

 

 José Manuel Berea